El Corán: el libro sagrado del islam
El Corán es el libro sagrado del islam. Para los musulmanes, en sus páginas está la palabra de Dios, al que llaman Alá, revelada al profeta Mahoma por medio del ángel Gabriel, Yibril en árabe. No es un libro más en la biblioteca de la fe.
Según la creencia de quienes lo leen, es la voz misma que descendió en la noche sobre un hombre que no sabía qué hacer con lo que oía.
Quien se acerca por primera vez a este texto suele sorprenderse por su forma. No avanza como una novela ni se ordena como un tratado. Hay capítulos que se abren de golpe, pasajes que vuelven una y otra vez sobre las mismas imágenes, juramentos por la noche, el mar, los higos y el olivo.
Conviene entrarle despacio, como a una casa antigua de la que ya se conoce la puerta, pero todavía no las habitaciones.
El nombre que lleva su sonido
En español antiguo se decía Alcorán, y algunos todavía lo escriben así. La palabra viene del árabe al-qur'ān, que significa "la recitación" o "la lectura en voz alta". El nombre dice mucho sobre cómo se concibe el texto. No se pensó primero como un objeto escrito, sino como algo que se pronuncia, se oye y se memoriza. Antes que páginas, hubo voces.
Vale la pena detenerse en ese detalle. En una cultura donde la memoria tenía un peso enorme, un texto que se recitaba era también un texto que se guardaba dentro del cuerpo. Quien lo aprendía de corazón llevaba el libro consigo, y esa costumbre sigue viva. Hoy hay millones de personas que recitan el libro completo sin tener un ejemplar a mano.
La noche de la cueva de Hira
Según la tradición islámica, la revelación comenzó hacia el año 610 de la era cristiana. Mahoma solía retirarse a meditar en una cueva del monte Hira, cerca de La Meca. Allí, según relatan las fuentes, llegó la primera orden: recitar. Mahoma, sorprendido y temeroso, respondió que no sabía recitar. La exigencia se repitió hasta que las palabras brotaron de él.
Los musulmanes ubican ese primer momento en la Noche del Poder, Laylat al-Qadr, una de las noches sagradas del mes de Ramadán. Hay una sura entera dedicada a ella, la número 97, que la describe como una noche mejor que mil meses.
Desde entonces, y durante unos veintitrés años, el mensaje fue llegando en fragmentos, según las circunstancias de la comunidad naciente. Hubo consuelos en las horas difíciles, normas para la vida cotidiana, relatos de profetas anteriores y advertencias.
Conviene decirlo con claridad: estas son las creencias de la tradición musulmana, y así se presentan aquí. Para los creyentes, el relato de la cueva es un punto de partida que se acepta sin reservas. La historia crítica se ocupa de otras preguntas, como la cronología exacta de cada pasaje.
Un camino habla de lo que la comunidad recuerda, el otro de lo que puede reconstruirse. Ninguno anula al otro.
Del recuerdo a la página
Durante la vida de Mahoma, los versículos se conservaban en la memoria de quienes los habían oído, y también en materiales sencillos: huesos, hojas de palma, piedras planas. Tras su muerte, en el año 632, la comunidad temió que se perdieran voces al desaparecer quienes mejor los sabían. Ese temor creció después de batallas en las que murieron muchos memorizadores.
Según la tradición, bajo el califa Abu Bakr se inició una primera recopilación. Más tarde, en tiempos del califa Uthman, hacia mediados del siglo VII, se fijó una versión estándar y se enviaron copias a los principales centros del mundo islámico.
Por eso los musulmanes hablan de una codificación que dio origen a una forma única del texto. Las diferencias de lectura no desaparecieron del todo. Algunas se conservaron como variantes de recitación reconocidas.
Lo más interesante de este proceso es que tuvo algo de cuidado. Se trataba de que la voz no se disolviera, y de que lo que se recitaba en una ciudad fuera lo mismo que se recitaba en otra.
Ciento catorce puertas
El Corán se divide en 114 suras, que son capítulos. Cada una está formada por aleyas, es decir, versículos, que suman más de seis mil según el recuento más extendido. Las suras no están ordenadas por cronología. Las más largas suelen aparecer al principio y las más cortas al final, de modo que el lector empieza por una gran puerta y termina por ventanas pequeñas.
Los especialistas distinguen entre suras mequíes, reveladas en La Meca, y medinenses, de la época en que la comunidad se asentó en Medina. Las primeras suelen ser más breves e intensas, y están cargadas de imágenes sobre la creación, el juicio y la fe. Las segundas se ocupan más de la vida colectiva, con leyes, alianzas y relaciones con otros grupos.
La primera sura es la Al-Fatiha, "la apertura". Tiene siete versículos y se recita en cada una de las oraciones diarias. Es una invocación a Dios como señor de los mundos, misericordioso, seguida de una petición de guía por el camino recto. Muchos musulmanes la sienten como un resumen de todo lo que viene después.
Algunas suras comienzan con combinaciones de letras del alfabeto árabe que no forman palabras, como alif-lam-mim o ta-ha. Son las letras misteriosas, llamadas muqatta'at, y aparecen en veintinueve suras. Ni los comentaristas clásicos ni los modernos se han puesto de acuerdo sobre su sentido.
Algunos los consideran un misterio reservado a Dios. Otros, abreviaturas, marcas de identidad del texto o llamadas de atención. Se conservan tal cual, sin explicación, y esa falta de respuesta forma parte de su encanto.
Recitar con la boca de la lengua antigua
Para los musulmanes, el Corán existe plenamente solo en árabe. Las traducciones se llaman interpretaciones o sentidos, pero no sustituyen al original. Esto explica el lugar central que ocupa el árabe en la vida religiosa, incluso para quienes no lo hablan.
La recitación tiene su propia disciplina, el tayuid, que estudia cómo pronunciar cada letra, cuánto alargar una vocal, dónde hacer una pausa y cómo suenan las combinaciones. Se aprende de un maestro que, a su vez, lo recibió de otro, en una cadena que se remonta a los primeros tiempos.
Quien escucha a un buen recitador puede notar cómo el texto cambia de color según el silencio o el énfasis. La voz se vuelve casi un instrumento.
Esta atención al sonido es herencia de la propia palabra "recitación". El libro se oye antes de leerse, y muchas personas lo conocen mejor por el oído que por la vista.
Profetas que caminan por la misma senda
Gran parte del Corán cuenta historias que el lector judío y el cristiano reconocerán. Aparece Ibrahim, Abraham, a quien se considera padre de los creyentes en un Dios único. Aparece Musa, Moisés, que enfrenta al faraón y recibe la ley. Aparece Isa, Jesús, a quien el texto honra como profeta y mesías, pero no como hijo de Dios, y aparecen otros muchos profetas.
La sura 19 se llama Maryam, es decir, María. Es una de las pocas que lleva el nombre de una mujer, y suele señalarse que María es la única mujer nombrada por su nombre en el texto. Su figura aparece como modelo de devoción y pureza.
El relato de su retiro en el desierto, la palmera cuyos dátiles caen junto a ella y el silencio que se le pide para proteger a su hijo son escenas que muchos lectores encuentran conmovedoras.
En el centro de todo está el tawhid, la unidad absoluta de Dios. Según el texto, Dios no tiene compañero, no tiene hijos y no tiene semejante. Para los musulmanes, esta idea da sentido a todos los mensajes anteriores, y por eso el Corán vuelve sobre ella con insistencia.
La lectura interior: el sufismo
Cerca de su núcleo, la tradición mística del islam, el sufismo, tomó el texto como una puerta hacia la experiencia interior. Los sufíes distinguen entre el sentido exterior, llamado zahir, que es lo que se lee y se cumple, y el sentido interior, llamado batin, que se revela a quien se acerca con el corazón preparado.
Según sus maestros, el exterior sostiene al interior como el cuerpo sostiene el alma. Ninguno de los dos vale sin el otro.
Ibn Arabi, nacido en Murcia en 1165 y fallecido en Damasco en 1240, escribió extensamente sobre la presencia de lo divino en todas las cosas y sobre la lectura simbólica de los versículos. Rumi, nacido en Balj, en el actual Afganistán, y establecido en Konya, en Anatolia, compuso en el siglo XIII el Masnavi, un largo poema donde las historias del texto sagrado se mezclan con anécdotas de la vida diaria. Hay sectores del islam que miraron con recelo esta lectura, y su debate sigue vivo.
La luz de la lámpara
El versículo 35 de la sura 24, llamado el versículo de la luz, es uno de los pasajes más citados de la tradición. Parafraseado, dice que Dios es la luz de los cielos y de la tierra. Esa luz se compara con un nicho en la pared donde se encuentra una lámpara, dentro de un cristal que brilla como un astro.
La lámpara arde con aceite de un olivo bendito que no pertenece ni al oriente ni al occidente, un aceite tan puro que casi daría claridad aunque el fuego no lo tocara.
Al-Ghazali, el gran pensador persa del siglo XI, escribió un comentario célebre sobre este versículo, titulado Mishkat al-Anwar, es decir, "El nicho de las luces". Para él y para muchos otros, la lámpara representa la guía que Dios pone en el corazón del creyente, y el nicho, la mente que la protege.
La imagen es clásica en su sentido: aceite, vidrio, fuego y árbol, elementos que cualquier alquimista de la antigüedad habría reconocido como materia de transformación.
Para cerrar
El Corán es para sus lectores una palabra que se oye, se memoriza, se canta y se discute. No hace falta compartir la fe para reconocer su peso. Es un texto que ha dado forma a idiomas, leyes, poemas y ciudades durante más de catorce siglos. Quien se acerca con respeto encuentra una casa con muchas puertas, y cada una de ellas se abre hacia otra habitación.
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Lux Esoterica.
2026.

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