El experimento del viaje en el tiempo y la ciudad vacía (Completo)

Café Tortoni, Buenos Aires, un clásico bar de otra época (imagen ilustrativa, no es el bar del relato). Foto: Roberto Fiadone, CC BY-SA 3.0, vía Wikimedia Commons.
Programa completo
Un relato que llegó por correo
Este programa de Vicente Fuentes parte de una carta. Un lector de Buenos Aires, que el presentador llama "Alejandro" para preservar su identidad, le escribe contando algo que le ocurrió en abril de 1988, cuando tenía veinte años y estudiaba en un colegio técnico. Vale la pena contarlo con calma, porque es una historia con mucho detalle y de las que se quedan dando vueltas.
Aquella mañana, dice, se había quedado a dormir en la casa de su novia, en el barrio de Villa Urquiza. No sonó el despertador, salió apurado y sin reloj de pulsera, decidido a preguntar la hora al primero que encontrara. Caminó hasta la parada del colectivo y esperó unos quince minutos. No pasó ningún colectivo ni ninguna persona. Siguió a pie por la misma calle, cuatro cuadras, en una mañana soleada y "extrañamente tranquila", sin cruzarse con nadie.
En una esquina apareció un bar que no recordaba: una sola planta, frente pintado a la cal, entrada en la ochava (la esquina cortada, tan típica de Buenos Aires), ventanas amplias de marcos de madera y persianas metálicas grises. Adentro, un piso de mosaico granítico ajedrezado, mesas y sillas de madera antigua pero "como nuevas", una barra lustrada con vitrinas, espejos, vajilla de época y los alambiques de bronce y cobre de los viejos cafés. No había nadie, ni siquiera el mozo. Pensó que era un local en restauración, a punto de inaugurarse con estilo "tanguero" de principios del siglo XX.
Al salir vio, pegada al bar, una casa de puertas altas con postigones grises. Entró. En la sala, una anciana de vestido claro con encajes se mecía en una mecedora de madera, sobre un piso de pinotea, mirando fijo una radio a válvula de la que salía una transmisión ininteligible, como si se mezclaran las frecuencias. Le preguntó la hora; ella, sin mirarlo, señaló con el dedo un gran reloj redondo de estación de tren, con números romanos y agujas góticas: las nueve y cuarenta. Él dio las gracias, salió y siguió su camino.
Días después, cuenta, volvió con su novia a mostrarle el lugar. Donde estaba el bar había un edificio de ocho pisos con al menos veinte años de antigüedad, dos álamos de más de veinte metros en el frente y una calle más angosta y asfaltada, no ancha y empedrada como la recordaba. Recorrió las calles vecinas sin encontrar nada, y los vecinos de años nunca vieron un bar así. Lo más curioso: no volvió a acordarse de todo esto durante más de quince años, hasta que un programa de televisión sobre una distorsión del tiempo en México lo trajo de golpe a su memoria.
La hipótesis del programa: un experimento
Vicente Fuentes lee el caso como un "experimento": una inteligencia sin origen definido habría creado una "campana de realidad", un entorno controlado donde el tiempo se detuvo, para estudiar el cerebro de este hombre en particular, por su inteligencia y su formación en construcciones, que le permitía describir con precisión lo que veía. El olvido de quince años sería otra fase; el recuerdo repentino, otra; y hasta el correo, e incluso el programa que escuchamos, parte del mismo estudio. Es una hipótesis audaz, y él mismo la llama así: una hipótesis.
Hay que decir que el presentador también la apoya en antecedentes que, hasta donde pude ver, no tienen respaldo fuerte. En las lecturas relacionadas, el "experimento de tiempo parado de Czluchow, 1979" circula en Internet como si fuera un hecho documentado, pero no encontré ninguna fuente fiable que lo confirme; de mi conocimiento, sin poder verificarlo aquí, parece una historia de origen incierto que fue pasando de sitio en sitio.
Otras lecturas posibles
Antes de aceptar un experimento de seres de otra dimensión, conviene pasar por explicaciones más modestas. Ninguna anula la experiencia vivida; las dejo como posibilidades:
- La memoria se reconstruye. Recordar no es abrir un archivo: cada vez que evocamos algo, lo rearmamos. Un recuerdo que reaparece quince años después, a raíz de un programa de televisión sobre el tema, y con una cantidad de detalles tan finos (marcas de las ventanas, tipo de piso, agujas del reloj), es el caso clásico en que la mente completa huecos con material de lecturas, películas e imágenes. Eso no significa que mienta; significa que memoria y vividez no son lo mismo que exactitud.
- El estado de la mañana. Un joven recién despertado, sin dormir bien, apurado, andando sin reloj, puede estar en un estado alterado de atención. Esas condiciones son típicas de lo que los investigadores llaman "tiempo perdido" o de experiencias hipnagógicas.
- Un lugar real, mal ubicado. Buenos Aires tiene muchos cafés y casas de principios del siglo XX, que se restauran o se cierran. Cuesta decirlo con seguridad para un episodio de 1988, pero un local que existió, o que el narrador ubicó mal, o la confusión entre dos calles parecidas, podrían explicar parte del asunto. Que los vecinos no lo recordaran no prueba mucho, porque preguntó años más tarde.
- El detalle del edificio y los árboles. La calle más angosta, el asfalto en lugar de empedrado y los álamos de veinte metros no se explican si fue la misma esquina: o la memoria del paisaje cambió, o fue otra esquina, o fue otro tiempo. Es el punto más difícil para el escéptico y el más fuerte para el creyente.
Me parece honesto decir que no hay forma de comprobar ni una lectura ni la otra. Lo que sí podemos observar es el patrón: calles vacías, silencio, un lugar que parece de otra época y luego no está. Es una vieja figura del folklore del tiempo: pueblos que aparecen y desaparecen, posadas fuera de lugar, mujeres de vestidos antiguos que no miran.
Un fantasma sin fantasma
En la tradición esotérica, estas escenas se parecen a lo que se llama un "residuo" o "grabación": una imagen del pasado que se repite sin darse cuenta de quien la mira, como el eco de una vida detenida en un cuarto. La anciana, absorta en una radio que nadie puede entender, tiene algo de ese carácter: no lo ve, no le habla, no sabe que él está. Quizás no nos visitó el pasado, sino que por un momento entramos en un rincón del tiempo que no estaba mirando.
La parte que más me interesa del relato no es el mecanismo. Es el final de la carta: Alejandro dice que la búsqueda del conocimiento y la apertura de conciencia nos hacen "más humanos y sabios". Esa sensación, de maravilla y respeto frente a lo que no se entiende, vale más que cualquier teoría.
Material audiovisual de referencia: https://www.youtube.com/watch?v=MO_zu617O10
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