El misterio de los mayas y venus

El misterio de los mayas y venus
Tablas de Venus del Códice de Dresde, dibujo de Lacambalam. CC BY-SA 4.0, vía Wikimedia Commons.

Dos pueblos separados por milenios miraron al mismo planeta y quedaron obsesionados con él. Los mayas, que llenaron sus códices de cálculos sobre Venus, y los geólogos de hoy, que acaban de encontrar en las rocas la huella de un ciclo en el que Venus tiene un papel central. El video une las dos puntas y se pregunta si los antiguos sabían algo que nosotros apenas descubrimos. La pregunta es bellísima; la respuesta, como veremos, es más sobria.

El ciclo de 405.000 años

Esto es ciencia sólida. En 2018, un equipo encabezado por el geólogo Dennis Kent, de la Universidad de Rutgers, publicó en la revista de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos un estudio sobre rocas del Triásico del Parque Nacional del Bosque Petrificado, en Arizona, y de la cuenca de Newark. Dataron los circones de esos sedimentos y comprobaron que un ritmo previsto por los astrónomos se había mantenido sin cambios durante unos 215 millones de años: la atracción de Júpiter y de Venus estira la órbita de la Tierra, de casi circular a ligeramente alargada, cada 405.000 años.

Ese estiramiento cambia la manera en que la luz del Sol llega a la Tierra y marca el pulso de las estaciones, de los climas secos y húmedos y de la vida a lo largo de eras. El video lo cuenta con una pequeña torpeza, pues dice "415 mil años" en un momento y "405 mil" en otro; el número correcto es 405.000. También se tuerce cuando da a entender que esto explicaría el calentamiento actual. Un ciclo que dura cuatrocientos mil años no puede producir cambios en pocas décadas; el estudio habla de procesos geológicos de escala inmensa. Para el clima de nuestro siglo, la influencia de Venus es despreciable.

Los mayas y la obsesión por Venus

Aquí viene la parte que sí es asombrosa, y es verdadera. Los mayas observaron Venus durante siglos, sin telescopio y sin instrumentos más que sus ojos, bastones cruzados y el horizonte. Midieron que Venus tarda unos 584 días en volver a la misma posición respecto al Sol y a la Tierra (el valor real es 583,92). Cinco de esos ciclos suman 2.920 días, exactamente ocho años de 365 días. Y 65 ciclos de Venus coinciden con 104 años de 365 días; el video lo atribuye a un ciclo azteca de 104 años, y la coincidencia es cierta.

El Códice de Dresde, un libro maya plegado en forma de biombo, tiene páginas enteras dedicadas a una tabla de Venus, con la que los sacerdotes predecían las apariciones del planeta como estrella de la mañana y de la tarde. Los estudiosos saben desde hace tiempo que esa tabla incluye un ajuste: los escribas entendían que 584 días eran un poco demasiado y sabían cómo restar días para corregir el error con el paso de los siglos. Algunos investigadores creen que esa corrección pudo desarrollarse en Chichén Itzá, hacia los años 800 a 1000 de nuestra era, aunque es una propuesta y no un hecho aceptado.

No tengo cómo confirmar el cálculo de "301 ciclos" ni la resta de "24 días" que menciona el video; parecen una versión muy apretada de ese ajuste. Y lo de "calendarios de 400 millones de años" es una exageración. Los mayas sí escribieron cifras enormes en sus inscripciones, millones de años hacia el pasado, pero lo hicieron para dar vértigo y no por haber medido un ciclo geológico.

El Caracol y los dioses de las estrellas

En Chichén Itzá se alza un edificio redondo llamado El Caracol, que se suele describir como observatorio. Algunos estudiosos creen que sus ventanas apuntan a los extremos de Venus en el horizonte. Otros son más prudentes: reconocen que pudo haber alguna alineación, pero que la torre está en parte derruida y que la evidencia más clara de una orientación hacia Venus está en otro sitio, en Uxmal. Quedan en pie las dos cosas: es posible, y no está demostrado.

El video dice también que los mayas hablaban de "dioses que venían de las estrellas" y hacían observatorios "ilógicos" hacia constelaciones distintas de las nuestras. Para ellos, Venus era una divinidad temible, ligada a la guerra y al sacrificio, y su reaparición marcaba el momento propicio para la batalla. Las constelaciones de los mayas eran sencillamente otras, hechas con otros mitos: una tortuga en lo que nosotros llamamos Orión. No hacen falta visitantes.

¿Sabían los mayas que Venus mueve el clima?

Esa es la hipótesis del narrador, y él mismo la llama así. Es una idea seductora, pero tropieza con un hecho: un ciclo de 405.000 años es invisible para cualquier civilización humana. No hubo manera de observarlo, porque no hay vida ni memoria que dure tanto. Los mayas sí vieron lo que les importaba: que Venus asomaba por el este antes del alba y que su regreso gobernaba el tiempo de la siembra y de la guerra. Un pueblo con una agricultura frágil tenía razones de sobra para vigilar el cielo sin necesidad de saber nada de órbitas ni de circones.

Y sin embargo, algo queda. Que el planeta que ellos adoraron resulte tener una voz real en el ritmo de la Tierra, aunque sea un ritmo de edades, es de esas coincidencias que invitan a pensar en lo poco que cambia el vínculo entre el cielo y la vida. Los antiguos hicieron de Venus un dios; los modernos le encontraron una influencia. Quizá la intuición vaya por delante de la medida.

Material audiovisual de referencia: El Misterio De Los Mayas y Venus


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Lux Esoterica.
2026.

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