Cómo Conseguir lo que Quiero en la Vida - Por Neale Donald Walsch
Neale Donald Walsch. Foto: Sarah Rozenthuler y Gil Dekel, CC BY-SA 3.0, vía Wikimedia Commons.
Todos hemos rezado alguna vez por algo. Salud, dinero, un amor, una puerta que se abra. Y casi todos hemos sentido, tarde o temprano, que la plegaria quedó sin respuesta. El video de arriba, del canal Aumentando Mi Autoestima, lee un fragmento de Conversaciones con Dios, de Neale Donald Walsch, que da vuelta esa pregunta: ¿y si pedir fuera justamente lo que aleja lo que deseamos?
Quién es Neale Donald Walsch
Walsch es un escritor estadounidense nacido en 1943. Su nombre se hizo conocido a mediados de los años noventa, cuando publicó Conversaciones con Dios, un libro que presenta como un diálogo escrito: él formula preguntas y recibe respuestas que atribuye a Dios. La obra creció hasta formar una serie de varios volúmenes y se tradujo a muchos idiomas. Como pasa con todo texto de este tipo, cada lector decide cuánto toma como revelación y cuánto como reflexión; aquí lo contamos tal como lo dice el autor, sin darlo por confirmado.
Por qué pedir confirma la carencia
El fragmento arranca con una objeción que todos conocemos: si no puedo pedir nada de lo que deseo, ¿de qué sirve rezar? La respuesta que propone el texto es seca. Quien pide está declarando, con sus propias palabras, que no tiene aquello que pide. Y esa declaración, sostenida con fervor, produce la experiencia de la carencia.
Por eso, dice, la oración correcta nunca es de súplica sino de gratitud. Dar gracias por adelantado por aquello que se ha decidido experimentar es reconocer que ya está ahí. Es, en las palabras del texto, la más poderosa afirmación que se puede dirigir a Dios.
Es una idea antigua con ropa nueva. La tradición cristiana la recoge en la frase del Evangelio: «todo lo que pidáis en oración, creed que lo recibiréis, y os vendrá». Y la fe del grano de mostaza que mueve montañas, que el propio texto cita, apunta a lo mismo: no se trata de insistir, sino de saber.
La gratitud no es un truco
Aquí aparece la objeción más inteligente. ¿Y si agradezco algo por adelantado y nunca llega? ¿No termina en desencanto y amargura? El texto responde que la gratitud no es una herramienta para manipular a Dios ni un mecanismo para engañar al universo. No podemos mentirnos: la mente sabe la verdad de sus pensamientos. Si decimos «gracias, Dios mío» mientras por dentro estamos convencidos de que eso no existe en nuestra vida, la que se impone es la convicción secreta, no la frase.
De ahí sale la pieza central de la enseñanza: detrás de cada pensamiento hay otro pensamiento, el que el texto llama el pensamiento promotor, y es el que realmente gobierna. Detrás de toda súplica se esconde el pensamiento «no lo tengo». Ese es el que se vuelve realidad. Sólo lo supera una fe plena en que lo pedido ya fue concedido, y el texto admite que muy pocas personas la poseen.
Las oraciones nunca quedan sin respuesta
Según el fragmento, ninguna oración queda sin respuesta, porque una oración no es más que una ferviente afirmación de lo que ya es. Todo pensamiento, palabra o sentimiento es creador en la medida en que se lo sostiene como verdad. Cuando decimos que una plegaria no fue escuchada, lo que ocurrió en realidad es que otro pensamiento, el sostenido con más fuerza, se hizo operativo.
Visto así, la vida nos devuelve un espejo bastante exacto de lo que creemos en lo profundo, no de lo que decimos en voz alta. Es una lectura incómoda y a la vez liberadora: si el mecanismo es nuestro, también podemos cambiarlo.
Dios como observador
El texto también corrige una imagen muy extendida: la de un Dios todopoderoso que escucha cada ruego y responde sí a unos, no a otros y «ya veremos» al resto. Para Walsch, Dios es el observador, no el que decide las circunstancias de nuestra vida. Nos creó a su imagen y semejanza, creó el proceso de la vida y nos dio libre albedrío; el resto lo hemos creado nosotros con el poder recibido.
Esa idea dialoga con corrientes místicas de distintas épocas. El gnosticismo hablaba de la chispa divina que habita en cada ser; el hermetismo, de que «como es arriba, es abajo»; y la ley de atracción moderna de que el pensamiento atrae su semejante. Con matices muy distintos, todas ponen el centro de gravedad en el interior de la persona.
La parábola de los niños que juegan
Para explicar por qué Dios no se preocupa por cómo vivimos, el fragmento usa una imagen que cualquier padre entiende. Cuando dejamos salir a los hijos a jugar, no nos importa si eligen el escondite o la mancha. Sabemos que están en un entorno seguro. Nos preocupa que no se lastimen y, si se lastiman, los curamos y los dejamos volver a jugar otro día. Podemos advertirles qué juegos son peligrosos, pero no podemos impedirles para siempre que hagan cosas peligrosas.
Los padres sensatos se desentienden del proceso, pero no del resultado. La diferencia, dice el texto, es que en el caso de Dios el resultado final está asegurado.
El resultado final y el temor
Y llegamos a lo que el texto llama la segunda gran ilusión del ser humano: creer que el resultado de la vida es dudoso. Esa duda, dice, ha creado a nuestro mayor enemigo, el temor. Si dudamos del resultado, dudamos del creador; y si dudamos de Dios, vivimos en el temor y la culpa.
Aquí la enseñanza deja de ser una técnica para conseguir cosas y se vuelve una invitación a confiar. Lo que se desea importa menos que el estado desde el cual se desea: la calma de quien sabe, o la urgencia de quien teme.
Cómo llevarlo a la práctica
Sin tomar ninguna promesa al pie de la letra, el fragmento deja una práctica simple que cualquiera puede probar:
- Notar con qué frase se formula un deseo: ¿suena a pedido o a agradecimiento?
- Preguntarse cuál es el pensamiento que hay detrás de la frase.
- Cambiar «necesito» por «agradezco», pero sólo cuando se pueda sentir de verdad, no como fórmula.
- Soltar el apuro por el resultado y cuidar el estado interior mientras tanto.
Al final del video, el autor del canal invita a dejar en los comentarios la frase «doy gracias para crear mi realidad». Es un buen ejercicio para empezar.
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